«Mi experiencia en Calcuta», India, en julio de 2018, de Teresa Huertas, Antigua Alumna Bérriz
Calcuta me tocó el corazón. No fui allí para «hacer voluntariado», ni para sentir que iba a arreglar vidas; fui, sin saberlo, a que el amor de Dios entrara por completo en la mía.
Llegue con la ilusión de servir y los primeros días me encontré con una realidad que me sobrepasó: el olor de la pobreza más crida, el llanto de bebés abandonados, la mirada vacía de enfermos que nadie reclamaba. Aquello me hizo tambalearme por dentro y preguntarme dónde estaba Dios en medio de tanto sufrimiento.
Pero poco a poco descubrí que no estaban solos. Dios estaba allí, escondido en las Sisters, en su manera de tocar cada herida como si fuera sagrada, de agacharse como Moisés ante Tierra Santa. Vi a Dios en su alegría serena, en esa «alegría profunda del corazón que es como un imán que indica el camino», como decía Madre Teresa.
El día a día allí era sencillo: misa cada mañana, lavar pañales a mano, frotar sábanas, tender al sol, dar de comer a los niños, jugar con ellos, dormirles la siesta, cortarles las uñas… Nada extraordinario, sólo gestos pequeños. Pero algunos días se hacían duros: mancharte de caca, luchar contra el olor fuerte de un anciano abandonado en la calle, sentir que tu estómago se revuelve, darte cuenta de tu propia limitación. Allí descubrí mi pobreza interior, mi fragilidad para amar sin condiciones, para darme al otro cuando es incómodo. Y sin embargo, en esa debilidad fue donde Dios se hizo fuerte.
Calcuta me enseñó que hay una pobreza que duele más que la material: la pobreza de amor. Ver bebés que nadie quería, personas que no tenían a nadie con quien compartir los días, me abrió los ojos. Aquí damos por hecho el cariño de unos padres por el simple hecho de ser nuestros padres; allí entendí que no siempre es así.
Pero también descubrí una alegría nueva: una alegría despegada de lo superficial, una libertad que nace de tener menos y ser más. Allí entendí que «todo lo que no se da, se pierde», y que entregar la vida no siempre es grandioso… a veces es tan simple como una sonrisa, coger una mano, cambiar un pañal o cantar a un niño para que se duerma.
No volví de Calcuta con respuestas, pero sí con la certeza de que el amor de Dios es más grande que mi pequeñez. Allí entendí que yo no tengo casi nada que ofrecer, que soy frágil y limitada, pero que en Sus manos incluso lo más pobre de mí puede convertirse en abrazo, en consuelo, en luz.
Y, sobre todo, allí me sentí querida. Me sentí hija de Dios. Y entendí que, hasta el mayor sinsentido, angustia o preocupación, tenía sentido para con Dios.
Teresa Huertas
Antigua Alumna del Colegio Bérriz (Promoción 2016)




